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Carta a la Diócesis

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Carta a la comunidad Diocesana de nuestro Obispo, Mons, Gustavo Oscar Zanchetta, invitando a participar el próximo 22 de agosto del inicio a la Novena en honor a San Ramón Nonato, Patrono de la Diócesis, con un acontecimiento muy especial: la ordenación sacerdotal del Diácono David Pintos y la admisión de cinco hermanos que se preparan para el Diaconado Permanente.

Carta a la Diocesis


Fiesta Patronal y primer aniversario

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Carta a la comunidad diocesana de nuestro Obispo, Mons. Gustavo Oscar Zanchetta, con motivo de la celebración de San Ramón Nonato, Patrono de nuestra Diócesis y su primer aniversario como Obispo de la Nueva Orán.

Prot. 60 – 2014 Carta a la Diocesis por la fiesta Patronal de San Ramon Nonato


Día del Párroco

Obispo - mayo 2014

Carta a la comunidad diocesana de nuestro Obispo, Mons. Gustavo Oscar Zanchetta, invitando a rezar el próximo lunes 4 de agosto por el ministerio de nuestros sacerdotes, en el día que la Iglesia recuerda al Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney.

Carta a la Diocesis por el dia del Parroco

 


Carta a la Diócesis

DSC_0025Carta a la comunidad diocesana de nuestro obispo Mons. Gustavo Oscar Zanchetta comunicando el inicio de las obras de construcción del Seminario Diocesano.

Prot. 48 – 2014 Carta a la Diocesis


Miércoles Santo

Misa Crismal en la Catedral de San Ramón Nonato. Compartimos algunas fotografías y la homilía de nuestro Obispo, Mons. Gustavo Zanchetta

 

Homilía en la Misa Crismal

Catedral de San Ramón Nonato

San Ramón de la Nueva Orán, 16 de abril de 2014

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Textos bíblicos:

 

Is 61,1-3a.6ª.8b-9

Sal 88,21-22.25.27

Ap 1,4b.5-8

Lc 4,16-21

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El espíritu del Señor está sobre mí (Is 61,1)

 

Queridos hermanos:

La palabra de Dios en esta solemne liturgia nos hace saborear la riqueza de encontrarnos como Pueblo Santo y viene a iluminar el sentido de lo que estamos celebrando. Hoy los sacerdotes renovamos las promesas que un día hicimos ante el obispo y la comunidad, de consagrar nuestras vidas para siempre al servicio de Dios y de su Iglesia. Hoy esas promesas se hacen actuales, como si fuera el día de nuestra ordenación. Por eso, con emoción, viene a nuestra memoria lo que significa haber recibido este regalo tan inmerecido y que nos hace tan felices. Hoy miramos nuestras manos consagradas y nos damos cuenta cuán grande es el amor de Dios, quien como le sucedió a María, “ha mirado la pequeñez de sus servidores” (cfr. Lc 1,47).

No es honor ni privilegio, no es mérito personal ni una carrera. Es simplemente vivir hoy el misterio de Cristo, Sacerdote Eterno, que sigue vivo en medio de su pueblo de un modo particular a través de nuestro ministerio pastoral. Por eso resuena en nosotros, y nos hace vibrar interiormente, la voz profética que sigue llamándonos a “evangelizar a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19).

En efecto, tal como nos lo ha recordado el querido Beato Juan Pablo II, “los presbíteros son llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado…..Son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo cabeza y pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el bautismo, la penitencia y la eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu”[1].

Hoy también será consagrado el Santo Crisma – de ahí el nombre propio de esta liturgia – y bendeciremos el Óleo de los catecúmenos y el Óleo de los enfermos. Los tres son instrumentos sacramentales por donde, misteriosa y maravillosamente, Cristo se hace presente para traernos la vida en abundancia que brota de un misterio de amor más grande; su muerte y resurrección.

Por todo ello, las palabras del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura, cobran vigor y actualidad especialmente en la vida de nuestros presbíteros: “Ustedes serán llamados Sacerdotes del Señor. Se les dirá ministros de nuestro Dios” (Is 61,6).

 

Renovemos nuestra respuesta de amor

Queridos hermanos sacerdotes, al renovar hoy delante del santo pueblo fiel de Dios y de quien los preside en la caridad, lo que un día prometimos ante una asamblea litúrgica como ésta, quiero traer a nuestra memoria dos oraciones que el obispo pronunció durante el rito de nuestra ordenación, y que marcan definitivamente el derrotero de nuestra vida. Primero, cuando fueron ungidas nuestras manos con el Santo Crisma: “Jesucristo, el Señor, a quien el padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te proteja para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio”.

Y luego, cuando nos fue entregado el cáliz y la patena para celebrar la eucaristía: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.

Por tanto bien recibido hermanos: demos grácias !! Por las veces que hemos faltado a nuestros santos deberes: pidamos humildemente perdón !!

Con la confianza de estar entre hermanos, en familia, cada uno con sus aciertos y errores, con su gracia y su pecado, animémonos a volver a decir “sí, quiero”, como aquel día tan esperado y que atesoramos como el más feliz de nuestra vida.

Con amor y pasión por seguir las huellas de Cristo, pobre y crucificado, atrevámonos a seguir andando junto a nuestro pueblo, procurando siempre, con humildad y un gran respeto, ofrecerle la caridad del Buen Pastor, quien “no vino a ser servido sino a servir” (Mt 20,28). Por ello, bien vale recordar cuál es el centro de nuestra vida, tal como el querido Juan Pablo II  nos ha señalado, al afirmar que “la caridad pastoral es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey”[2].

 

Grácias padres !!

Particularmente hoy, queridos sacerdotes, quisiera prestar mi voz por un momento a nuestro pueblo fiel, para agradecerles por aquellas pequeñas cosas de todos los días, y que aunque no lo parezca, no nos pasan inadvertidas. Ustedes son para nosotros padres, hermanos y amigos cercanos. Ustedes son el instrumento por el que Dios se vale para alimentarnos con su Palabra, y muy especialmente con su cuerpo y su sangre. Ustedes son auxilio y consuelo para aliviar nuestro dolor y nuestra enfermedad. Son la caridad hecha carne para socorrernos en nuestra necesidad y pobreza. Por eso hoy queremos decirles, con el amor que nos une en esta familia que formamos como Iglesia:

Gracias padres!!!

  • Por alcanzarnos la Palabra de vida, y el amor hecho cruz y esperanza en la eucaristía que presiden en la caridad por Cristo y para nosotros.
  • Porque al estar cerca nuestro, al escucharnos, al abrir su corazón de buen pastor, nos ayudan a encontrar el camino de Cristo.
  • Por las veces que se levantaron de madrugada para alcanzarnos el auxilio de la misericordia de Dios y el consuelo en nuestra enfermedad.
  • Por comprender nuestras miserias y pecados, y por perdonarnos en nombre del Señor para poder retomar el buen camino.
  • Por postergar sus propios tiempos y regalarnos toda su disponibilidad y entusiasmo para no sentirnos solos, sino acompañados.
  • Por haber derramado un día sobre nuestra cabeza el agua viva del bautismo. Así nos abrieron el camino que Dios ha querido para nosotros, y nos han incorporado a la gran familia de sus hijos que es la Iglesia.
  • Por haber bendecido nuestra unión matrimonial, y por ayudarnos a crecer como familia cada vez que nos dan esos sabios consejos que hacen que la vida sea más plena y más feliz.
  • Por estar presentes cuando el Señor nos llama al final de nuestro camino para volver a la casa del Padre. Por consolar el dolor fuerte que provoca la partida de un ser querido. Por estar siempre ahí…..a la mano de todos… con los brazos abiertos…con un corazón de padre!

Y a la vez, me permito invitarlos a que sigamos corriendo el riesgo de involucrarnos cada vez más en la vida de la gente. Porque para eso hemos sido ordenados, y a ellos somos enviados, a fin de vencer la mundana tentación de ser indiferentes, o de no animarnos a salir de nuestras seguridades. Y hagámoslo tal como nos propone el Santo Padre Francisco, al decir que “si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: denles ustedes de comer (Mc 6,37)”[3].

 

Tuyos eran, y me los diste (Jn 17,6)

Mañana iniciamos el Triduo Pascual con una de las celebraciones más sentidas por todos nosotros, como es la Misa de la Cena del Señor, donde lavaremos los pies de nuestras comunidades. Vivamos con alegría ese momento privilegiado, porque en ese gesto se expresa el estilo pastoral que Jesús nos pide: ponernos de rodillas ante nuestro pueblo para servirlo en la caridad, con humildad, cercanía y sencillez. Ese es nuestro lugar, y no otro.

Mirando cuánto hemos crecido, particularmente en vocaciones al sacerdocio, quiero dirigirme a ustedes, mis queridos seminaristas. Esta familia sacramental que conformamos como presbiterio ya los recibe como los hermanos más chicos. Vivan estos años de preparación con ilusión y esperanza, porque el Señor espera mucho de ustedes. Y este pueblo que nos sostiene con su oración, afecto y caridad, quiere que sean fecundos y felices en su entrega diaria. Por eso procuren siempre mirar bien alto, para no dejarse tentar por los criterios mundanos; donde un error es frustración, donde una caída es fracaso. Recuerden que el buen Jesús camina con ustedes y les dice: “En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

Hermanos, es la primera vez en mi vida que presido la Misa Crismal. Y siento una profunda emoción, particularmente en esta Catedral de San Ramón Nonato, al ocupar inmerecidamente esta cátedra donde me han precedido ya seis obispos de la Nueva Orán.

En mi corazón de pastor resuenan fuertemente en estos días las palabras de Jesús en su oración sacerdotal: “He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y me los diste; y han guardado tu Palabra” (Jn 17,6).

Por eso también quiero agradecerles, mis queridos sacerdotes, diáconos y seminaristas, a los consagrados y consagradas, y a todo el pueblo fiel de Dios que peregrina en la Nueva Orán, por todo el bien que hacen en favor de esta Iglesia particular a la que amamos, especialmente en los más pobres, débiles y sufrientes. Y agradezco al Señor me haya enviado a esta tierra, bendecida por la sangre de los mártires del Zenta, para asumir el desafío – como nos ha enseñado San Agustín – de ser con ustedes cristiano, y para ustedes obispo.

 

 

+ gustavo oscar zanchetta

obispo de la nueva orán

 

[1]PDV 15.

[2]PDV 23.

[3]EG 49.

Homilia en la Misa Crismal


Homilía en la misa del Miércoles de Ceniza

HOMILÍA EN LA MISA DEL MIÉRCOLES DE CENIZA DE NUESTRO OBISPO MONS. GUSTAVO ZANCHETTA

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Prot. N. 08 / 14

Homilía en la misa del Miércoles de Ceniza

Catedral de San Ramón de la Nueva Orán, 5 de marzo de 2014

Textos bíblicos

  • Jo 2,12-18
  • Sal 50,3-4.5-6a.12-13.17
  • 2 Co 5,20-6,2
  • Mt 6,1-6.16-18

Queridos hermanos:

En este comienzo del sagrado tiempo de Cuaresma, quiero aprovechar la ocasión de presidir esta misa en el templo catedralicio para dirigirme a toda la comunidad diocesana de la Nueva Orán, a fin de expresarles los sentimientos y convicciones mediante los cuales les propongo, con toda humildad, caminemos como Diócesis este itinerario de conversión para celebrar la Pascua.

El Evangelio apenas proclamado desafía el corazón creyente a dar una respuesta madurada en la fe: No busquemos practicar la justicia delante de los hombres para ser vistos. Más bien, intentemos la autenticidad que nos pide el profeta Joel en la primera lectura: “Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad, y se arrepiente de sus amenazas”.

Para comprender el sentido penitencial de la Cuaresma hay que mirar serenamente hacia dónde vamos. Por eso este caminar eclesial hacia nuestra Pascua nos tiene que hacer vibrar interiormente recorriendo los mismos pasos de Jesús, teniendo “sus mismos sentimientos” (cfr. Flp 2,5). Es un tiempo de gracia que, si lo sabemos aprovechar, nos permitirá gustar el valor de adentrarnos en la propia miseria de nuestro pecado personal y social para arrepentirnos e iniciar el camino de la conversión del corazón creyente, aprendiendo que sólo con la gracia de Cristo – si nos dejamos “primerear en el amor” – es posible “que todo sea nuevo” (cfr. Ap 21,5)

En su mensaje para esta Cuaresma, titulado “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (cfr. 2 Co 8,9) el Santo Padre Francisco nos invita a dejarnos interpelar por la pobreza de Cristo, la cual nos enriquece. Y esto consiste “en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura”.

Me pregunto si seremos capaces de luchar por esa riqueza que a los ojos del mundo no tiene sentido. Y por ello la Cuaresma es un tiempo favorable para dar pasos audaces que nos hagan cambiar tantos puntos de vista equivocados, donde por acción u omisión dejamos de obrar según el querer de Dios dando paso al egoísmo, la insensibilidad por lo que sufren nuestros hermanos y la indiferencia social al preferir dejar que cada uno se arregle como pueda. En cambio, si la pobreza de Cristo nos interpela, esto es un signo de que algo estamos aprendiendo, y que mucho puede cambiar. En particular saber que solos no podemos, que para amar necesitamos sabernos amados, que para perdonar necesitamos sentirnos perdonados. Y para ello no hay otro camino que estrechar un vínculo personal con el Señor Jesús, pobre y crucificado, lejos de toda pretensión solitaria e intimista, pero con apertura de alma al percibirnos parte de un mismo cuerpo que quiere latir con un mismo ritmo vital: el de Cristo, “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Por eso – tal como nos señala el Papa en su mensaje cuaresmal – “a imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza”.

Qué bueno será poner manos a la obra y “hacernos cargo de las miserias de nuestros hermanos”, sabiendo que ninguno de nosotros es mejor que los demás, y que hay cuestiones que hoy están llamando a la puerta de nuestra conciencia pidiendo ser atendidas, porque claman con la urgencia y el dolor de los que más sufren.

Hoy, Miércoles de Ceniza, quiero referirme puntualmente a una de las miserias de orden social que nos destruye como familia y que ha tomado ya la velocidad irreparable de la destrucción y la muerte: me refiero al drama de las drogas y el narcotráfico que tan cerca nos toca el corazón en nuestro territorio diocesano.

Resultan alarmantes los datos estadísticos, pero más terrible es percibir el dolor de tantas mamás y papás que lloran la pérdida de un hijo y que viven en la angustia de no saber cómo hacer para sacarlos de las adicciones.

No podemos negar que hay muchas instituciones y personas que hacen esfuerzos enormes para combatir este flagelo social y ayudar a quienes lo sufren. Es ciertamente un signo de esperanza, una luz en tanta oscuridad.

Pero es aberrante ver cómo también se comercia con la vida de otros impunemente y a la vista de todos, sin que los instrumentos legales con los que cuenta el Estado en sus distintos niveles de responsabilidad puedan ser efectivos en su accionar, sea en la prevención como en la resolución de este problema.

Y sirva como ejemplo una situación que todos podemos ver diariamente en uno de los controles fronterizos cercanos a la Ciudad de San Ramón de la Nueva Orán. Mientras muchos transeúntes deben detenerse para ser revisados – lo cual es correcto – a escasos cien metros del puesto de control se cargan y descargan enormes cantidades de bultos donde podría circular de todo: niños secuestrados, tráfico de órganos, drogas y, además, toda clase mercaderías que evaden impuestos.

Y lamentablemente este constituye el primer eslabón de una larga cadena de miserias. Después sigue el comercio con la vida, el desprecio por los inocentes, la hipocresía de las respuestas ya elaboradas y la peor de las consecuencias: la muerte.

No es necesario y menos oportuno generar ahora una polémica más. Personalmente no me interesa discutir sobre una realidad que lamentablemente se impone por los hechos. Es momento de actuar y con premura en función del bien común, más allá de nuestras diferencias, inclusive las religiosas. Por eso quiero proponer a la comunidad diocesana una iniciativa que puede ayudar solidariamente a tantas familias que sufren este drama de las drogas.

Durante esta Cuaresma voy a convocar a nuestras comunidades, a todos los organismos de comunión y agentes pastorales, para presentarles un proyecto a fin de concretar en todo el territorio diocesano Centros de contención, escucha y orientación para jóvenes con adicciones y sus familias. Para ello invito también a todas las personas e instituciones del cuerpo social y a los organismos del Estado que tengan voluntad de participar, a sumar esfuerzos para salvar el presente y el futuro de nuestra comunidad: Todos podemos ofrecer algo de nuestros talentos y experiencia de vida. Y muy especialmente quiero convocar a las personas mayores; a nuestros abuelos. Ellos, como padres experimentados, con su sabiduría acuñada en la lucha por formar un hogar, fogueados en los avatares de la vida, pueden ayudar a orientar a una sociedad tan carente de afecto, madurez y acompañamiento.

Así, hermanos míos, quiero proponerles la vivencia penitencial de la Cuaresma de este año. No es suficiente alzar la voz para denunciar lo que está mal sin ofrecer alternativas superadoras, comprometiéndonos personal y comunitariamente.

Sean entonces las cenizas que se impondrán en nuestras cabezas, como signo de conversión y penitencia, expresión de un compromiso fraterno y solidario como Iglesia servidora de los pobres, débiles y sufrientes.

Hagamos nuestra la invitación misionera del Papa Francisco al compromiso con nuestra realidad: “La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar, no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser  si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar” (EG 273).

Sólo marcados a fuego por esta misión, a la que Jesús nos envía con su propio estilo, tendrán sentido esos tres pilares que el Evangelio que acabamos de proclamar nos señala como camino de conversión: el ayuno, la oración y la limosna para agradar al Padre “que ve en lo secreto”. Él ciertamente nos recompensará, pero no porque hayamos hecho el bien – lo cual es nuestra obligación – sino porque hayamos aprendido a ocupar nuestro lugar en la historia: el de los “simples servidores” (Lc 17,10).

  + Gustavo Oscar Zanchetta

Obispo de la Nueva Orán


Carta a la comunidad Diocesana

Carta de nuestro Obispo Mons. Gustavo Oscar Zanchetta a la comunidad diocesana anunciando la construcción del Seminario Diocesano Beato Juan XXIII

Prot. N. 06 / 14

San Ramón de la Nueva Orán, 28 de febrero de 2014

A la comunidad diocesana de la Nueva Orán

Queridos hermanos:

La celebración del acolitado de tres de nuestros seminaristas como así también el inicio del año lectivo en el Seminario Beato Juan XIII me parece la ocasión propicia para comunicarles una decisión madurada en la oración desde hace tiempo y confirmada en mi reciente visita al Santo Padre Francisco.

El Seminario ciertamente es el “corazón de la diócesis”, es el ámbito eclesial de discernimiento, maduración y formación de los futuros sacerdotes, quienes asumirán la responsabilidad de cuidar pastoralmente esta porción del pueblo de Dios que peregrina en la Nueva Orán.

Mi querido predecesor, Mons. Marcelo Daniel Colombo, tuvo la lucidez y la audacia de fundar el Seminario Diocesano, interpretando que se había llegado a un tiempo prudente de maduración eclesial para decidir la certera conveniencia de que al menos, en la etapa inicial, la formación sacerdotal de nuestros muchachos se lleve a cabo en nuestra diócesis.

Así fue como dos años atrás un grupo de jóvenes entusiastas inició, de la mano del P. Martín Alarcón como rector y de tantos sacerdotes y laicos que asumieron este desafío, la experiencia formativa en la Nueva Orán sentando bases sólidas en pos de conformar el futuro presbiterio de nuestra Iglesia particular.

Nuestro Dios, bueno y providente, no hizo faltar vocaciones y así es como al día de hoy tenemos un seminarista a punto de ordenarse diácono, cuatro jóvenes que han ingresado al curso introductorio, ocho seminaristas en la etapa de filosofía y seis más realizando la formación teológica en la arquidiócesis de Tucumán que generosamente nos abrió las puertas de su seminario.

Esta realidad que nos llena de alegría y la perspectiva que se plantea para los años venideros hizo madurar en mí la necesidad de dar un paso más consolidando lo que ya se ha hecho en estos años.

Por eso, interpretando el sentir de muchos y después de haber escuchado la opinión y el consejo de nuestro Papa Francisco quiero anunciarles la decisión de construir el Seminario Diocesano en los terrenos de nuestra Curia Diocesana en la ciudad de San Ramón de la Nueva Orán. El 27 de abril, Domingo de la Divina Misericordia y fecha elegida por el Santo Padre Francisco para canonizar al Beato Juan XXIII, patrono de nuestro seminario, será colocada la piedra fundamental del nuevo edificio y daremos inicio a las obras.

Convoco entonces a toda la comunidad diocesana a colaborar con este proyecto que nos desafía y compromete porque estamos sentando los cimientos del futuro de la diócesis. Por ello no dejemos de rezar por estos jóvenes, por los que el Señor enviará, y particularmente por la vida de nuestra querida Diócesis de la Nueva Orán que espera que sus sacerdotes tengan “olor a oveja” y pasión por dar la vida.

Los abrazo y bendigo,

  + Gustavo Oscar Zanchetta

Obispo de la Nueva Orán

Para leer descargar la carta hacer clic en el vínculo Prot 06-2014


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