Noticias de la vida diocesana

MENSAJE DE NAVIDAD DE MONS. GUSTAVO ZANCHETTA

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La Unión, 20 de diciembre de 2013

“En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas” (Lc 1,48-49)

 

Mis queridos hermanos:

Con estas palabras el texto sagrado nos trae la frescura de María, mujer fiel y madre del Salvador, expresando el motivo de su felicidad, aquello que la quema de gozo por dentro. Aunque poco sabe acerca de cómo será confía en el Angel que le anuncia una verdad: “no hay nada imposible para Dios” (Lc 1, 37).

Les escribo desde La Unión donde estamos culminando con nuestros seminaristas una semana de misión en este rincón tan querido de nuestro Chaco salteño. Y lo hago con una alegría inmensa por lo que vamos viviendo con la gente del pueblo, con las comunidades originarias, con las Hermanas Patricia, Marilena y María junto al P. Jorge Tomé. Como siempre nuestro pueblo fiel nos va formando según el querer de Dios y por eso valoro tanto que nuestros 17 seminaristas tengan esta hermosa oportunidad para moldear su corazón de pastores al ritmo de nuestra gente.

Al mismo tiempo quiero compartirles que me siento muy a gusto por el testimonio de nuestros jóvenes porque los veo entusiastas y servidores, atentos a escuchar y con un tesoro de caridad pastoral que ofrecen con mucho amor y alegría. Es muy edificante para mí compartir estos días con ellos y con las comunidades porque me están enseñando a ser obispo. Bendito sea Dios !

Desde lo vivido en esta semana siento vivamente que celebrar el nacimiento del Señor, por una parte nos lleva a resignificar su primera venida, el hacerse carne y “habitar en nosotros” (Jn 1,14), el haber querido nacer en la exclusión y la marginalidad porque “no había lugar para ellos en el albergue” (Lc 2,7). Pero también es esperar que vuelva como prometió, teniendo la certeza en la fe de que sus palabras se cumplen en hechos que alientan y consuelan: “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Para esta Navidad quiero acercarme a cada uno de ustedes, a cada hogar, y especialmente a quienes se sienten tristes, solos, enfermos, abandonados, para invitarlos a contemplar al Dios viviente que nos trae la mejor de las noticias: “vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 28).

A su vez – como le sucedió a María – podremos “ser felices” si reconocemos con sencillez que también en nosotros Dios ha hecho grandes cosas. Ese es un distintivo del corazón creyente y orante; saber encontrar al Dios oculto cuando se aprende a buscar.

La felicidad no es sin más sinónimo de alegría. No hay gozo más grande que el de una madre cuando da a luz una nueva vida… aunque le duele hasta las lágrimas sabe que vale la pena !!

Esa felicidad sólo brota de una vida convertida en ofrenda y don para los demás, al reconocer que la vida de Jesús le da sentido a la nuestra. Y por eso celebrar la Navidad no tiene que ir de la mano de la mundanidad que es capaz de confundirnos en la búsqueda de las alegrías verdaderas. Lo que celebramos es el nacimiento de una vida nueva para todos a través de Aquel que vino “para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,79).

El Papa Francisco nos insiste particularmente en que seamos una “Iglesia en salida”, que no se quede quieta mirándose a sí misma, y nos advierte: “…prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: ¡Denles ustedes de comer! (Mc 6,37)” (Evangelii gaudium N° 49).

Hermanos, en estas últimas semanas hemos vivido como comunidad nacional hechos de violencia que nos atemorizan y duelen. Hago un firme llamado, no sólo a los católicos sino a todos los hombres y mujeres de buena voluntad para que no permitamos que los violentos impongan el ritmo del temor a una sociedad que está cansada de que la usen, se la lleven por delante, la hagan víctima del saqueo, y atropellen su derecho a vivir en paz.

Cuidemos la vida desde antes de nacer que es el mayor bien recibido. Honrémosla en los niños y en los ancianos, y muy especialmente en los pobres. Acompañemos al que está a nuestro lado para caminar juntos. Construyamos puentes que nos acerquen y acortemos distancias. Ese es mi deseo para esta Navidad. Así quiero vivirla poniendo el hombro en estos propósitos e invitándolos humildemente a hacer lo mismo.

Que en estos días sean muy felices hermanos míos. Les agradezco de corazón por cuanto bien me han prodigado en estos meses y por favor; recen y hagan rezar por mí.

A la Virgen Madre y al Niño Jesús les encomiendo la vida y las esperanzas de todos.

Los abrazo y bendigo fraternalmente,

+ Gustavo Oscar Zanchetta

Obispo de la Nueva Orán

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