Noticias de la vida diocesana

Acolitado de los seminaristas: Marcelo, Luis y Carlos

HOMILÍA EN LA MISA DEL ACOLITADO DE LOS SEMINARISTAS: MARCELO HERMIDA, LUIS GOMEZ Y CARLOS SUBELZA DSC_0027 Prot. N. 05 / 14

HOMILIA EN LA MISA DE INSTITUCION COMO ACOLITOS

DE LOS SEMINARISTAS CARLOS SUBELZA, MARCELO HERMIDA Y LUIS GOMEZ

 Parroquia “San Antonio de Padua”, en San Ramón de la Nueva Orán

 28 de febrero de 2014

Textos Bíblicos:

  • Hch. 10,34a. 37-43
  • Sal. 22,1-6
  • Jn 6,51-59

Queridos hermanos:

Acabamos de escuchar con atención la palabra de Dios proclamada en esta misa vespertina que nos reúne como Iglesia particular de la Nueva Orán.

Como oyentes de la Palabra, sabiendo que en ella encontramos vida y plenitud, estamos aquí con el corazón abierto y orante para compartir la institución del ministerio del acolitado de nuestros seminaristas Carlos Subelza, Marcelo Hermida y Luis Gómez. Bienvenidos todos, especialmente sus familias y hermanos en la fe de sus comunidades de procedencia: “San Jorge” de Pichanal y “San Ramón Nonato” de Tartagal.

Al introducirnos en el misterio que celebramos, el libro de los Hechos de los Apóstoles, de donde hemos tomado la primera lectura, pone de relieve el testimonio personal de lo que el apóstol Pedro llega a expresar como una convicción fundamental al hablar de Cristo: “El pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con El…..y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén”. Pedro comparte así “lo que le quema por dentro” cuando se refiere al Maestro que lo llamó y lo eligió para compartir su suerte. El apóstol expresa en pocas palabras que compartió personalmente su vida con el Hijo de Dios, en un vínculo que como siempre tuvo su iniciativa en el querer de Dios. Él es quien propone, invita y alienta a que lo sigamos hasta dar la vida….para que nuestro paso por este mundo no sea en vano sino como Jesús: “pasar haciendo el bien”.

En esta misa también estamos iniciando un nuevo año de actividades en el Seminario Diocesano Beato Juan XXIII, y por eso damos una fraterna bienvenida a los jóvenes que inician su formación seminarística en el curso introductorio y en la etapa de filosofía.

En este contexto me animo a decirles, queridos muchachos, sin ningún derecho a presumir, porque lo sigo aprendiendo junto a ustedes, que solamente un vínculo personal con Jesucristo pobre y crucificado – en la expresión de San Francisco de Asís – puede hacer posible que tome identidad ese llamado recibido para dar la vida como pastores del santo pueblo fiel de Dios. Porque nosotros también somos testigos de cuanto obra y ha obrado en nuestra historia Aquel que nos ha llamado a la vida sacerdotal aún, a pesar de nuestros límites y debilidades. Sí hermanos,  si hay algo que hoy quisiéramos expresar los sacerdotes aquí presentes como un testimonio personal es que no nos alcanzará la vida para darle gracias al Señor por habernos llamado a su servicio, el cual se expresa, se nutre y se hace pleno en el misterio del Amor ofrecido por Cristo en la Eucaristía, y que la Iglesia celebra en vigilante espera hasta que Él vuelva.

Hoy queremos valorar y agradecer la posibilidad de contar con nuestro propio seminario en la diócesis para realizar la etapa introductoria y los primeros años de formación filosófica. Y para ello tenemos muy presente el pensar de los obispos latinoamericanos plasmado en el Documento de Aparecida: “El tiempo de la primera formación es una etapa donde los futuros presbíteros comparten la vida a ejemplo de la comunidad apostólica en torno a Cristo Resucitado: oran juntos, celebran una misma liturgia que culmina en la Eucaristía, a partir de la Palabra de Dios reciben las enseñanzas que van iluminando su mente y moldeando su corazón para el ejercicio de la caridad fraterna y de la justicia, prestan servicios pastorales periódicamente a diversas comunidades, preparándose así para vivir una sólida espiritualidad de comunión con Cristo Pastor y docilidad a la acción del Espíritu, convirtiéndose en signo personal y atractivo de Cristo en el mundo, según el camino de santidad propio del ministerio sacerdotal” (DA 316).

En este caminar de la formación sacerdotal el paso que están dando hoy Carlos, Marcelo y Luis, resulta muy significativo a la luz de lo que el evangelio nos presenta: “el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

Queridos muchachos, este servicio del acolitado mediante el cual son instituidos como ministros ordinarios de la comunión y servidores del altar los acerca cada vez más al centro de su vocación sacerdotal. Falta muy poco para que se concrete ese sueño que los ha movilizado interiormente todos estos años. Porque es el mismo Cristo quien hoy los está invitando a consagrar su vida definitivamente al servicio de su proyecto: para que a través de ustedes Él se haga carne para dar vida a sus hermanos.

Por otra parte, el evangelista Juan hace presente reiteradas veces el vínculo misterioso que nos une con el Señor a través de este sacramento admirable, la Eucaristía: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él”. Que desafío hermanos!! Estamos considerando ni más ni menos que donar toda nuestra existencia al proyecto del Reino de Dios, para que a través de nuestro humilde ministerio el pueblo fiel pueda “permanecer” en Él y por Él, especialmente los que se sienten más lejos, los excluidos, los de las periferias existenciales de nuestro tiempo. Por eso el Concilio Vaticano II nos trazó un derrotero eclesial que no podemos resignar, en particular los ministros sagrados: “Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido; así también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo” (LG 8).

Queridos seminaristas de la Nueva Orán, queremos alentarlos a entusiasmarse cada vez más por la persona de Cristo y a dejarse moldear por su Pueblo Santo en el crisol del servicio hasta la humillación.

Con las palabras del Santo Padre Francisco los invito a que se dejen “primerear” por el amor del pueblo y se comprometan en la misión que nos ha confiado: “Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene, pero allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo. Así redescubrimos que El nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado. Nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esa pertenencia” (EG 268).

+ Gustavo Oscar Zanchetta

Obispo de la Nueva Orán

Para descargar la homilía hacer clic en el vinculo Prot 05-2014 Homilía

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