Noticias de la vida diocesana

Miércoles Santo

Misa Crismal en la Catedral de San Ramón Nonato. Compartimos algunas fotografías y la homilía de nuestro Obispo, Mons. Gustavo Zanchetta

 

Homilía en la Misa Crismal

Catedral de San Ramón Nonato

San Ramón de la Nueva Orán, 16 de abril de 2014

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Textos bíblicos:

 

Is 61,1-3a.6ª.8b-9

Sal 88,21-22.25.27

Ap 1,4b.5-8

Lc 4,16-21

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El espíritu del Señor está sobre mí (Is 61,1)

 

Queridos hermanos:

La palabra de Dios en esta solemne liturgia nos hace saborear la riqueza de encontrarnos como Pueblo Santo y viene a iluminar el sentido de lo que estamos celebrando. Hoy los sacerdotes renovamos las promesas que un día hicimos ante el obispo y la comunidad, de consagrar nuestras vidas para siempre al servicio de Dios y de su Iglesia. Hoy esas promesas se hacen actuales, como si fuera el día de nuestra ordenación. Por eso, con emoción, viene a nuestra memoria lo que significa haber recibido este regalo tan inmerecido y que nos hace tan felices. Hoy miramos nuestras manos consagradas y nos damos cuenta cuán grande es el amor de Dios, quien como le sucedió a María, “ha mirado la pequeñez de sus servidores” (cfr. Lc 1,47).

No es honor ni privilegio, no es mérito personal ni una carrera. Es simplemente vivir hoy el misterio de Cristo, Sacerdote Eterno, que sigue vivo en medio de su pueblo de un modo particular a través de nuestro ministerio pastoral. Por eso resuena en nosotros, y nos hace vibrar interiormente, la voz profética que sigue llamándonos a “evangelizar a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19).

En efecto, tal como nos lo ha recordado el querido Beato Juan Pablo II, “los presbíteros son llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado…..Son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo cabeza y pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el bautismo, la penitencia y la eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu”[1].

Hoy también será consagrado el Santo Crisma – de ahí el nombre propio de esta liturgia – y bendeciremos el Óleo de los catecúmenos y el Óleo de los enfermos. Los tres son instrumentos sacramentales por donde, misteriosa y maravillosamente, Cristo se hace presente para traernos la vida en abundancia que brota de un misterio de amor más grande; su muerte y resurrección.

Por todo ello, las palabras del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura, cobran vigor y actualidad especialmente en la vida de nuestros presbíteros: “Ustedes serán llamados Sacerdotes del Señor. Se les dirá ministros de nuestro Dios” (Is 61,6).

 

Renovemos nuestra respuesta de amor

Queridos hermanos sacerdotes, al renovar hoy delante del santo pueblo fiel de Dios y de quien los preside en la caridad, lo que un día prometimos ante una asamblea litúrgica como ésta, quiero traer a nuestra memoria dos oraciones que el obispo pronunció durante el rito de nuestra ordenación, y que marcan definitivamente el derrotero de nuestra vida. Primero, cuando fueron ungidas nuestras manos con el Santo Crisma: “Jesucristo, el Señor, a quien el padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te proteja para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio”.

Y luego, cuando nos fue entregado el cáliz y la patena para celebrar la eucaristía: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.

Por tanto bien recibido hermanos: demos grácias !! Por las veces que hemos faltado a nuestros santos deberes: pidamos humildemente perdón !!

Con la confianza de estar entre hermanos, en familia, cada uno con sus aciertos y errores, con su gracia y su pecado, animémonos a volver a decir “sí, quiero”, como aquel día tan esperado y que atesoramos como el más feliz de nuestra vida.

Con amor y pasión por seguir las huellas de Cristo, pobre y crucificado, atrevámonos a seguir andando junto a nuestro pueblo, procurando siempre, con humildad y un gran respeto, ofrecerle la caridad del Buen Pastor, quien “no vino a ser servido sino a servir” (Mt 20,28). Por ello, bien vale recordar cuál es el centro de nuestra vida, tal como el querido Juan Pablo II  nos ha señalado, al afirmar que “la caridad pastoral es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey”[2].

 

Grácias padres !!

Particularmente hoy, queridos sacerdotes, quisiera prestar mi voz por un momento a nuestro pueblo fiel, para agradecerles por aquellas pequeñas cosas de todos los días, y que aunque no lo parezca, no nos pasan inadvertidas. Ustedes son para nosotros padres, hermanos y amigos cercanos. Ustedes son el instrumento por el que Dios se vale para alimentarnos con su Palabra, y muy especialmente con su cuerpo y su sangre. Ustedes son auxilio y consuelo para aliviar nuestro dolor y nuestra enfermedad. Son la caridad hecha carne para socorrernos en nuestra necesidad y pobreza. Por eso hoy queremos decirles, con el amor que nos une en esta familia que formamos como Iglesia:

Gracias padres!!!

  • Por alcanzarnos la Palabra de vida, y el amor hecho cruz y esperanza en la eucaristía que presiden en la caridad por Cristo y para nosotros.
  • Porque al estar cerca nuestro, al escucharnos, al abrir su corazón de buen pastor, nos ayudan a encontrar el camino de Cristo.
  • Por las veces que se levantaron de madrugada para alcanzarnos el auxilio de la misericordia de Dios y el consuelo en nuestra enfermedad.
  • Por comprender nuestras miserias y pecados, y por perdonarnos en nombre del Señor para poder retomar el buen camino.
  • Por postergar sus propios tiempos y regalarnos toda su disponibilidad y entusiasmo para no sentirnos solos, sino acompañados.
  • Por haber derramado un día sobre nuestra cabeza el agua viva del bautismo. Así nos abrieron el camino que Dios ha querido para nosotros, y nos han incorporado a la gran familia de sus hijos que es la Iglesia.
  • Por haber bendecido nuestra unión matrimonial, y por ayudarnos a crecer como familia cada vez que nos dan esos sabios consejos que hacen que la vida sea más plena y más feliz.
  • Por estar presentes cuando el Señor nos llama al final de nuestro camino para volver a la casa del Padre. Por consolar el dolor fuerte que provoca la partida de un ser querido. Por estar siempre ahí…..a la mano de todos… con los brazos abiertos…con un corazón de padre!

Y a la vez, me permito invitarlos a que sigamos corriendo el riesgo de involucrarnos cada vez más en la vida de la gente. Porque para eso hemos sido ordenados, y a ellos somos enviados, a fin de vencer la mundana tentación de ser indiferentes, o de no animarnos a salir de nuestras seguridades. Y hagámoslo tal como nos propone el Santo Padre Francisco, al decir que “si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: denles ustedes de comer (Mc 6,37)”[3].

 

Tuyos eran, y me los diste (Jn 17,6)

Mañana iniciamos el Triduo Pascual con una de las celebraciones más sentidas por todos nosotros, como es la Misa de la Cena del Señor, donde lavaremos los pies de nuestras comunidades. Vivamos con alegría ese momento privilegiado, porque en ese gesto se expresa el estilo pastoral que Jesús nos pide: ponernos de rodillas ante nuestro pueblo para servirlo en la caridad, con humildad, cercanía y sencillez. Ese es nuestro lugar, y no otro.

Mirando cuánto hemos crecido, particularmente en vocaciones al sacerdocio, quiero dirigirme a ustedes, mis queridos seminaristas. Esta familia sacramental que conformamos como presbiterio ya los recibe como los hermanos más chicos. Vivan estos años de preparación con ilusión y esperanza, porque el Señor espera mucho de ustedes. Y este pueblo que nos sostiene con su oración, afecto y caridad, quiere que sean fecundos y felices en su entrega diaria. Por eso procuren siempre mirar bien alto, para no dejarse tentar por los criterios mundanos; donde un error es frustración, donde una caída es fracaso. Recuerden que el buen Jesús camina con ustedes y les dice: “En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

Hermanos, es la primera vez en mi vida que presido la Misa Crismal. Y siento una profunda emoción, particularmente en esta Catedral de San Ramón Nonato, al ocupar inmerecidamente esta cátedra donde me han precedido ya seis obispos de la Nueva Orán.

En mi corazón de pastor resuenan fuertemente en estos días las palabras de Jesús en su oración sacerdotal: “He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y me los diste; y han guardado tu Palabra” (Jn 17,6).

Por eso también quiero agradecerles, mis queridos sacerdotes, diáconos y seminaristas, a los consagrados y consagradas, y a todo el pueblo fiel de Dios que peregrina en la Nueva Orán, por todo el bien que hacen en favor de esta Iglesia particular a la que amamos, especialmente en los más pobres, débiles y sufrientes. Y agradezco al Señor me haya enviado a esta tierra, bendecida por la sangre de los mártires del Zenta, para asumir el desafío – como nos ha enseñado San Agustín – de ser con ustedes cristiano, y para ustedes obispo.

 

 

+ gustavo oscar zanchetta

obispo de la nueva orán

 

[1]PDV 15.

[2]PDV 23.

[3]EG 49.

Homilia en la Misa Crismal

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