Noticias de la vida diocesana

Homilía en la misa del Miércoles de Ceniza

HOMILÍA EN LA MISA DEL MIÉRCOLES DE CENIZA DE NUESTRO OBISPO MONS. GUSTAVO ZANCHETTA

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Prot. N. 08 / 14

Homilía en la misa del Miércoles de Ceniza

Catedral de San Ramón de la Nueva Orán, 5 de marzo de 2014

Textos bíblicos

  • Jo 2,12-18
  • Sal 50,3-4.5-6a.12-13.17
  • 2 Co 5,20-6,2
  • Mt 6,1-6.16-18

Queridos hermanos:

En este comienzo del sagrado tiempo de Cuaresma, quiero aprovechar la ocasión de presidir esta misa en el templo catedralicio para dirigirme a toda la comunidad diocesana de la Nueva Orán, a fin de expresarles los sentimientos y convicciones mediante los cuales les propongo, con toda humildad, caminemos como Diócesis este itinerario de conversión para celebrar la Pascua.

El Evangelio apenas proclamado desafía el corazón creyente a dar una respuesta madurada en la fe: No busquemos practicar la justicia delante de los hombres para ser vistos. Más bien, intentemos la autenticidad que nos pide el profeta Joel en la primera lectura: “Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad, y se arrepiente de sus amenazas”.

Para comprender el sentido penitencial de la Cuaresma hay que mirar serenamente hacia dónde vamos. Por eso este caminar eclesial hacia nuestra Pascua nos tiene que hacer vibrar interiormente recorriendo los mismos pasos de Jesús, teniendo “sus mismos sentimientos” (cfr. Flp 2,5). Es un tiempo de gracia que, si lo sabemos aprovechar, nos permitirá gustar el valor de adentrarnos en la propia miseria de nuestro pecado personal y social para arrepentirnos e iniciar el camino de la conversión del corazón creyente, aprendiendo que sólo con la gracia de Cristo – si nos dejamos “primerear en el amor” – es posible “que todo sea nuevo” (cfr. Ap 21,5)

En su mensaje para esta Cuaresma, titulado “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (cfr. 2 Co 8,9) el Santo Padre Francisco nos invita a dejarnos interpelar por la pobreza de Cristo, la cual nos enriquece. Y esto consiste “en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura”.

Me pregunto si seremos capaces de luchar por esa riqueza que a los ojos del mundo no tiene sentido. Y por ello la Cuaresma es un tiempo favorable para dar pasos audaces que nos hagan cambiar tantos puntos de vista equivocados, donde por acción u omisión dejamos de obrar según el querer de Dios dando paso al egoísmo, la insensibilidad por lo que sufren nuestros hermanos y la indiferencia social al preferir dejar que cada uno se arregle como pueda. En cambio, si la pobreza de Cristo nos interpela, esto es un signo de que algo estamos aprendiendo, y que mucho puede cambiar. En particular saber que solos no podemos, que para amar necesitamos sabernos amados, que para perdonar necesitamos sentirnos perdonados. Y para ello no hay otro camino que estrechar un vínculo personal con el Señor Jesús, pobre y crucificado, lejos de toda pretensión solitaria e intimista, pero con apertura de alma al percibirnos parte de un mismo cuerpo que quiere latir con un mismo ritmo vital: el de Cristo, “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Por eso – tal como nos señala el Papa en su mensaje cuaresmal – “a imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza”.

Qué bueno será poner manos a la obra y “hacernos cargo de las miserias de nuestros hermanos”, sabiendo que ninguno de nosotros es mejor que los demás, y que hay cuestiones que hoy están llamando a la puerta de nuestra conciencia pidiendo ser atendidas, porque claman con la urgencia y el dolor de los que más sufren.

Hoy, Miércoles de Ceniza, quiero referirme puntualmente a una de las miserias de orden social que nos destruye como familia y que ha tomado ya la velocidad irreparable de la destrucción y la muerte: me refiero al drama de las drogas y el narcotráfico que tan cerca nos toca el corazón en nuestro territorio diocesano.

Resultan alarmantes los datos estadísticos, pero más terrible es percibir el dolor de tantas mamás y papás que lloran la pérdida de un hijo y que viven en la angustia de no saber cómo hacer para sacarlos de las adicciones.

No podemos negar que hay muchas instituciones y personas que hacen esfuerzos enormes para combatir este flagelo social y ayudar a quienes lo sufren. Es ciertamente un signo de esperanza, una luz en tanta oscuridad.

Pero es aberrante ver cómo también se comercia con la vida de otros impunemente y a la vista de todos, sin que los instrumentos legales con los que cuenta el Estado en sus distintos niveles de responsabilidad puedan ser efectivos en su accionar, sea en la prevención como en la resolución de este problema.

Y sirva como ejemplo una situación que todos podemos ver diariamente en uno de los controles fronterizos cercanos a la Ciudad de San Ramón de la Nueva Orán. Mientras muchos transeúntes deben detenerse para ser revisados – lo cual es correcto – a escasos cien metros del puesto de control se cargan y descargan enormes cantidades de bultos donde podría circular de todo: niños secuestrados, tráfico de órganos, drogas y, además, toda clase mercaderías que evaden impuestos.

Y lamentablemente este constituye el primer eslabón de una larga cadena de miserias. Después sigue el comercio con la vida, el desprecio por los inocentes, la hipocresía de las respuestas ya elaboradas y la peor de las consecuencias: la muerte.

No es necesario y menos oportuno generar ahora una polémica más. Personalmente no me interesa discutir sobre una realidad que lamentablemente se impone por los hechos. Es momento de actuar y con premura en función del bien común, más allá de nuestras diferencias, inclusive las religiosas. Por eso quiero proponer a la comunidad diocesana una iniciativa que puede ayudar solidariamente a tantas familias que sufren este drama de las drogas.

Durante esta Cuaresma voy a convocar a nuestras comunidades, a todos los organismos de comunión y agentes pastorales, para presentarles un proyecto a fin de concretar en todo el territorio diocesano Centros de contención, escucha y orientación para jóvenes con adicciones y sus familias. Para ello invito también a todas las personas e instituciones del cuerpo social y a los organismos del Estado que tengan voluntad de participar, a sumar esfuerzos para salvar el presente y el futuro de nuestra comunidad: Todos podemos ofrecer algo de nuestros talentos y experiencia de vida. Y muy especialmente quiero convocar a las personas mayores; a nuestros abuelos. Ellos, como padres experimentados, con su sabiduría acuñada en la lucha por formar un hogar, fogueados en los avatares de la vida, pueden ayudar a orientar a una sociedad tan carente de afecto, madurez y acompañamiento.

Así, hermanos míos, quiero proponerles la vivencia penitencial de la Cuaresma de este año. No es suficiente alzar la voz para denunciar lo que está mal sin ofrecer alternativas superadoras, comprometiéndonos personal y comunitariamente.

Sean entonces las cenizas que se impondrán en nuestras cabezas, como signo de conversión y penitencia, expresión de un compromiso fraterno y solidario como Iglesia servidora de los pobres, débiles y sufrientes.

Hagamos nuestra la invitación misionera del Papa Francisco al compromiso con nuestra realidad: “La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar, no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser  si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar” (EG 273).

Sólo marcados a fuego por esta misión, a la que Jesús nos envía con su propio estilo, tendrán sentido esos tres pilares que el Evangelio que acabamos de proclamar nos señala como camino de conversión: el ayuno, la oración y la limosna para agradar al Padre “que ve en lo secreto”. Él ciertamente nos recompensará, pero no porque hayamos hecho el bien – lo cual es nuestra obligación – sino porque hayamos aprendido a ocupar nuestro lugar en la historia: el de los “simples servidores” (Lc 17,10).

  + Gustavo Oscar Zanchetta

Obispo de la Nueva Orán

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